Estábamos tumbados sobre el suelo de madera. Cruzábamos miradas entre nosotros sin decir una sola palabra, tan sólo escuchando. Se podía oír perfectamente nuestras respiraciones, debíamos tener cuidado con el vaho que producíamos ya que podrían detectarnos desde fuera.
Se escuchó un ruido en la parte trasera de la casa, levanté un poco la cabeza y entonces volvieron a rociar la habitación con interminables ráfagas de balas. Me puse el casco y agaché la cabeza, cargué mi fusil reglamentario y esperé a que la lluvia de plomo se detuviera. Entonces me levanté manteniendo la cabeza gacha y miré rápidamente por la rendija que tenía más cerca, intentando ver algún blanco. Como no distinguí ninguno, disparé donde creía que se encontraban los enemigos.
—¿Has alcanzado a alguno?
—No se ni dónde están mi Sargento.
—Entonces no malgastes balas.
—Mi Sargento—dijo un soldado con las orejas ensangrentadas—, ¿Qué quiere que hagamos?, hay que disuadir al enemigo.
El Sargento le miró, luego giró la cabeza hacia mí y no dijo nada.
Se abrió la puerta de la habitación donde nos encontrábamos, se movió una sombra y se oyó un sonido metálico contra el suelo. Se acercaba rodando hacia mí una granada de mano.
Una oleada de pánico me sacudió el cuerpo. Podía ver a mis compañeros gritar, pero no oía ningún ruido. Tenía pocos segundos para actuar, mi cabeza empezó a funcionar de manera frenética. Primero pensé en tumbarme encima del artefacto absorbiendo la explosión, evitando así la muerte de mis compañeros. Luego se me ocurrió algo mejor: la granada se encontraba al alcance de mi mano, tenía todavía un par de segundos para hacerme con ella y enviarla fuera a través de una ventana de la habitación.
No lo pensé más, la agarré firmemente, planté la rodilla en tierra y efectué un lanzamiento perfecto, potente y enfilado hacia el centro de la cristalera. Me relajé, mi mente quedó despejada y complacida por la rápida decisión. Pude ver en la cara de mis compañeros el mismo alivio con el fenomenal lanzamiento. Después el terror y el asco en nuestras expresiones, cuando la granada rebotó en el cristal de la ventana devolviéndomela, rechazando mi acción con un infinito sarcasmo, recordándonos a todos el valor de lo que somos.
