—Veníamos a hablar con el señor Gonzalo Gómez González —tipos muy serios, muy rígidos, muy estirados.
—Aja, ¿Me pueden decir sus nombres por favor? —la señorita responde con voz de autómata
—Raúl Romero y Ramón Recio
Ella teclea los nombres en una terminal de ordenador
—De qué empresa vienen
—C.C.
—¿Cé Cé ha dicho?, ¿Es ese el nombre de la empresa? —cara de menosprecio administrativo
—Consultors Consulting
—¿Las dos con C, verdad?
Los estirados intercambian miradas. Ella no se detiene a recapacitar e introduce el resto de información, imprimiendo dos etiquetas adhesivas. Extiende minimamente su brazo por encima del mostrador. Ambos recogen automáticamente los adhesivos y se apresuran a fijarlos de forma experta en sendas solapas de sus chaquetas.
—Muchas gracias. Por favor pasen al habitáculo al final del corredor. Allí les esperan.
Embutidos en trajes de negocio que hablan por sí mismos, caminan decididos por un pasillo hasta llegar al último despacho. Entran en una habitación grande en la que reposa un sofá con un hombre pequeño encima. Aún estando sentado, el traje del hombrecillo les mira a los dos por encima del hombro.
—Pasen —se pone en pié antes de terminar la palabra.
Los consultores entran en el cuarto estirándose más, si fuera posible y le estrechan ceremonialmente la mano.
—Tenemos una entrevista con el Sr. Gómez González
—Está en el baño —señala una puerta cerrada de la habitación— saldrá en unos instantes. Por favor tomen asiento —apunta con el índice mostrando un espacio vacío delante del sofá.
Los consultores buscan con la mirada algún elemento mobiliario para poder sentarse, pero no encuentran nada en la habitación. Miran al hombrecillo y este con un gesto afirmativo vuelve a señalar el suelo delante del sofá.
Mientras intentan adecuar los pliegues de sus superpantalones a las forzadas posturas, uno de ellos le pregunta:
—¿Y usted es?
—Gaime García, el abogado del Sr. González
—Aja, Jaime García —remarca un consultor
—No. Gaime —sentencia molesto
—Muy bien Gaime —alivia el otro
—Llámenme Sr. García
Todos se quedan sentados, en silencio. Un consultor abre, estiradamente, un maletín y guarda un teléfono móvil, silenciando antes el tono. El pequeño abogado no mueve un músculo y mantiene la mirada inquieta con una mueca de asco perenne.
Se abre la puerta del baño. Todos contemplan la puerta, expectantes. Pasa un rato. Suena la cisterna. Transcurren unos instantes más sin que ocurra nada. De pronto sale una figura como una exhalación. Únicamente mira al abogado.
—Café—le dice saliendo de la habitación, quedándose otra vez esta en silencio.
Un terrible hedor a mierda escapa por la puerta abierta del baño. Va inundando progresiva e inexorablemente la habitación, impregnando aceitosamente todo a su paso. Los consultores a medio incorporar, en un conato de saludo cercenado, intentan mitigar una mueca de asco con su conocida -esta vez frustrada- cara de juego de cartas. Vuelven a sus respectivos asientos en el suelo. El abogado permanece imposiblemente inmutable, casi muerto, pero parpadeando y respirando de vez en cuando, como un pez a punto de ahogarse. El silencio se apodera, junto con el tremendo olor a caca, de la sala. El oído se acentúa en detrimento del lastimado olfato. Se oye la respiración de todos los presentes, así como los casuales sonidos de incómodos movimientos estomacales.
Los pensamientos se disparan por la conmoción y aún peor, el sentimiento de asco y represión compartido por el grupo:
Un: «se lo que estáis pensando todos y, efectivamente, huele a mierda podrida»
O bien un: «si hubiera moscas, en lugar de darse un festín de mierda, correrían a vomitar»
O incluso: «si la mierda cagara, olería mejor que esto»
La situación es estúpida e insostenible; además, «no se puede tardar tanto en preparar un café». Algún consultor se encuentra tentado de levantarse arrugadamente y escabullirse de la escena, pero el traje y el maletín pesan, en términos intangíbles, demasiado.
Gonzalo Gómez aparece con un café, de pié al lado de ambos consultores, mirándoles desde arriba. Parece un espantapájaros vestido con unos vaqueros “meaos” y “cagaos” durante muchos, muchos años. Viste una camisa de tres cifras, de algún diseñador italiano, totalmente impoluta, que continuamente se da de hostias con el resto del cuadro. Coronado con un pelo descuidado, de tres horas de peluquería y una nariz de proa de crucero.
—¿Sabéis como ayudarme o no?
Los consultores saltan sorprendidos por la aparición, levantándose como resortes.
—Señor Gómez, en Consultores Consulting le ofrecemos los mejores servicios estratégicos, legales, financieros y tecnológicos, necesarios en cualquier organización—extienden sus manos a modo de presentación.
El narigudo hace como que no las ve y va a sentarse en el sillón al lado del abogado, que se hace a un lado y vuelve a la misma postura de perro de presa sostenida hasta el momento.
—Mi trabajo —prosigue— está en peligro.
—Conocemos su trabajo, es muy bueno. Sus pinturas son evocadoras.
—Es una mierda, es azul. Todos mis cuadros son azules. ¿No os habéis fijado?
—Señor, si me permite —se adelanta un consultor— su trabajo es azul porque expresa la tristeza y la soledad y eso nos llega a todos en oleadas desconcertantes. Es sublime
El pintor medita unos instantes lo que el consultor acaba de decir. Le mira fijamente a los ojos.
—Mi trabajo es azul porque soy INCAPAZ de pintar con el color rojo
El silencio y el olor a mierda vuelven a la sala. Pasa un rato hasta que el pintor prosigue:
—Para mi no es posible utilizar el rojo. Estoy condicionado por algún estímulo que me mutila creativamente. He consultado a psicoterapeutas, psicomagos y demás gurús. Ninguno ha solucionado nada.
Los consultores esperan hasta que termina de hablar e intercambian una mirada de complicidad.
—Señor —responde uno— somos conscientes de su problema y hemos traído un prototipo que resuelve ese impedimento.
Los consultores extraen ceremoniosamente de un maletín, un estilizado estuche plateado y de este, unas gafas cuadradas de cartón con unas lentes de plástico, una de color azul y la otra de color rojo.
—Están viendo —dice uno de ellos al abogado y al pintor— una de nuestras últimas obras de investigación y desarrollo de Consultors Consulting.
El pintor se abalanza sobre ellas y las monta encima de su nariz. Se aleja escudriñando en todas las direcciones, exclamando muchos «Ohs» y «Ahs». Luego desaparece corriendo por la puerta. El pequeño abogado impasible hasta el momento salta tras él, seguido por los consultores.
Entran todos en una habitación neutra en la que la se erige un caballete con un lienzo igualmente blanco. Gonzalo Gómez González con su nariz y sus gafas agarra un pincel y un impoluto tubo de pintura roja arterial. Aprieta la pintura sobre el pincel, como si fuera un dentífrico. Mira a todos los presentes en la sala y sin mediar palabra ejecuta un trazo oblicuo violando, de manera algo obscena , la tela.
—¡Puedo! —grita —¡Puedo!
Tira el pincel al suelo y se da la vuelta con los brazos extendidos en éxtasis. Ambos consultores parecen gastar dos tallas más de ego. Al pequeño abogado se le saltan unas lágrimas de elevado coste de fabricación.
Inmediatamente el pintor se queda parado. Recoge el pincel y busca otro tubo de pintura. Elige uno de color azul. Lo manipula sobre el mismo pincel superponiendo el nuevo color a la capa carmesí anterior. Arroja el brazo contra el lienzo en otra estocada y a escasos centímetros se queda parado, repentinamente inmovilizado. Retrasa un poco el brazo intentándolo con menos ímpetu pero con más precisión. Nada. Vuelve a quedarse parado.
—¡Echa a estos hijos de puta! —le grita al abogado mientras tira el pincel contra la pared— ¡Fuera de aquí cabrones!